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El Sermón de Monte como respuesta
¿Qué distingue al cristianismo de otras religiones? Frente a esta gran pregunta se puede exponer una batería de respuestas. Pero he aquí una que abraza, casi asfixiándolas, a todas las demás: la gracia.
Pero como ocurre con casi todos los vocablos característicos del lenguaje religioso, el significado y trascendencia de estos términos suelen percibirse en ocasiones de un modo flojo e incluso distorsionado. Al igual que en el mundo de las ideas de Platón, lo que es de arriba es siempre más auténtico que todo lo que vemos, olemos y tocamos. Mucho más. Y hablar de la gracia es hablar de la fuerza transformadora más potente del Universo. El llamado Sermón del Monte nos lanza, como si de un nuevo Big Bang se tratase, un colosal despliegue del comienzo del nuevo orden empapado por la gracia: “Cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: 'Tonto' a su hermano será culpable; y cualquiera que le diga: 'Estúpido' quedará expuesto al infierno de fuego. Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón. A cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por un kilómetro, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues. Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5).
Aunque no lo parezca, lo que Jesús manifiesta en estos duros mandamientos no es Ley ni condenación sino gracia. Y es que no nos queda otra; el discurso de Jesús nos sitúa a todos en el registro de la propiedad del lago de fuego. Y por eso estalla la gracia, y lo hace porque el Sermón del Monte se nos hace incumplible. En realidad, lo que Jesús setencia en Mateo 5 no es acerca nosotros, sino de lo que Dios es. Nos señala con el dedo y nos obliga a reconocer nuestra perpetua discapacidad. Es la imagen del delincuente tumbado en la acera mientras la policía le esposa las manos a la espalda. Es nuestra imagen, la de nuestra incapacidad natural para ser dignos amigos de un Dios puro y santo sin fin.
“Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5, 48), nos dice el Maestro completamente en serio. Por este motivo, es nuestra obligación el tratar de cumplir los mandamientos de Dios, pero se trata de una tarea que nunca será completada en este mundo.
No hay presupuesto, no hay recursos..., no hay capacidad. Sólo podemos y debemos intentarlo sabiendo que corremos hacia una meta inalcanzable..., por el momento. Eso es, de eso trata el Sermón del Monte; de nuestra incapacidad. Por esta razón se nos presenta esa esencia embriagante a la que Dios puso el nombre de gracia. Singular y femenino, pues su existencia es debida a que no es bueno que el hombre esté solo. Soledad y culpa son ahora expulsadas del paraíso por decisión unilateral. Lo que ocurrió en la cruz del Calvario ha sido el único escándalo que ha hecho gemir al cosmos de forma literal.
A nosotros sólo nos queda rendirnos, pasear por dentro del jardín y convencernos sin reservas de que todo lo que Dios nos pide es sinónimo de libertad. Emprendemos ahora un viaje donde el equipaje que no puedes dejar atrás es justamente aquello que no necesitas: culpa, vanidad, rechazo, orgullo, miedos y todas las demás mentiras que nos han encadenado hasta ahora. Cuando atraviesas las puertas de la gracia se percibe el cálido aroma del peso de la cruz del Calvario, un aroma tan penetrante que se entremete en las llagas producidas por nuestros malditos errores convirtiéndolas en globos que se elevan hasta desaparecer en el Cielo.
Con todo, a nadie se le escapa que resulta chocante que exista una forma de justicia donde el culpable es absuelto gracias a los trabajos forzosos del Juez. Pero si no fuera así no podríamos respirar. Así es la gracia. El mayor ejercicio de perdón de la historia hace que el cristianismo no sea un ismo más. Ahora Cristo convierte la existencia, la nuestra, en esperanza. Desde entonces, y desde ahora, la vida se presenta imposible de despreciar, haciendo que lo nuestro con Jesucristo no pueda llamarse simplemente religión. Tan sencillo y tan sublime, pues si tenemos gracia, lo tenemos a él, lo tenemos todo.
“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia” (Romanos 11, 6)
“quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos.” 2ª (Timoteo 1, 9)
www.aguadevida.net , por Luis Marián
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