Salmos
                             

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      Aunque no siempre lo parezca, por las venas de los cristianos fluyen salmos, término que de inmediato nos evoca alabanzas y cánticos de agradecimiento. Pero esta imagen de gozo es sólo una parte, sólo una cara con sonrisa de los rostros varios del teatro de la vida. Cualquier cartero que circule por nuestra sangre para repartir la correspondencia en los salmos pares de cualquier intracalle se puede acercar al número 8 para escuchar los murmullos de gloria del piso 1, el más cercano: “!Oh Yavé, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! ¡Has puesto tu gloria sobre los cielos ” (Salmo 8, 1). Tras dejar las cartas de salterio y llegar al siguiente número par de la avenida, el ángel mensajero se puede detener y escuchar gritos, como de pelea, desde la nuevamente cercana primera planta del siguiente canto, el 10: “¿Por qué estás lejos, oh Yavé, y te escondes en el tiempo de la tribulación?” (Salmo 10, 1).

Eso son los salmos, ésa es nuestra vida; un océano de emociones que unas veces baña y otras devasta, un zig-zag de alabanza, confesión y lucha con Dios donde en ocasiones se asoma un atrevido Jacob para pelear contra el mensajero divino. Luchar con Él como hizo Moisés, Job, Jonás, Jeremías, como cualquiera de los que han entendido que del desconsuelo entregado a Dios brota esperanza y arrepentimiento. Aunque desde contextos religiosos el énfasis favorito es el del lado victorioso de los hombres y mujeres de la Biblia, anima comprobar que estos mismos personajes crecieron porque eran expertos reconocedores de sus mediocridades y necesidades.

Es habitual que nos aborde la tentación de barrer debajo de la alfombra para no reconocer que en el peregrinaje por este mundo nos sentamos en un vagón donde el espectro de las dudas y rebeliones nos mira con ojos en blanco desde el asiento de enfrente. Y ahí es donde Dios nos llama a ser valientes. La opción de no mirar al fantasma es un error, porque su naturalización sólo se hace posible con un trato continuo. Reprimirnos para husmear por la ventanilla significa vivir como tuertos, con una tortícolis que nos impide el campo real de visión de un mundo que no se va.

Las desesperaciones y confesiones públicas de los salmistas se convierten en el referente para nuestras propias confesiones. Es un modelo que se burla del tabú religioso de la represión y del huidizo baile con las peleas de última estación. Es la evasión de aquellas preguntas cuyas respuestas las presuponemos sentadas en el andén de la otra vida. Pero los salmistas nos enseñan que tras el dolor y la desesperación arrojados a Dios hay una respuesta. Tras la caída de las vanidosas caretas es cuando los salmos más populares –los de las iglesias, los de júbilo y gratitud– nos completan como criaturas redimidas que han confesado su rebelión.

Cuando abrimos nuestra Biblia por la mitad es como si abriésemos el centro de nuestro corazón porque encontramos lo mismo; encontramos salmos, alegrías y luchas que pasan por oscuros túneles para atravesar montañas. La mezcla de ira, confesión y agradecimiento son los ingredientes que llevan a la transformación de verdad. El sentir de Bono (U2) cuando escribe una introducción al libro de los salmos refleja el trasfondo sanador de este tipo de queja: “¿Cuánto tiempo hambrientos? ¿Cuánto tiempo estaremos odiando? ¿Cuánto tiempo habrá que esperar hasta que la creación crezca y el caos de su precocidad, su adolescencia atada por el infierno, se venga abajo? Pienso que es raro que la vocalización de estas simples preguntas puedan traer tanto consuelo –también para mí–".

Nuestra humanidad se ve reflejada en aquellos textos sobre los que no se predica mucho, pero que recogen el grito de la Caída, una voz que gime necesarios llantos que insisten en que todos estamos hundidos en cieno profundo, donde no podemos hacer pie (Salmo 69, 2). Aunque la humanidad llega hasta aquí, hay más vida. Quien anhela respuestas se encuentra con que no las tendrá todas, aunque sí comprobará que la fe en Dios trae confianza en su justicia, esperanza en aquel que nos devuelve una oración que no deja de repetirse: “Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida.” (Salmo 71, 20).

www.aguadevida.net , por Luis Marián

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