La oración del-fin
                             

laidentidad

      Reconozco que para mí, todo lo que tiene que ver con la oración no ha perdido ese halo de misterio veterotestamentario de aquellos asuntos del Dios de cuyos pensamientos no son siempre nuestros pensamientos (Isaías 55, 8). El Creador sabe mejor que nosotros qué cosas nos conviene y cuales no. Él “sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mateo 6, 8) pero, sin embargo, es el mismo Dios quien ha establecido la oración como imprescindible vínculo de intimidad, alabanza, gratitud, petición y todo tipo de comunicación entre Dios y los humanos. Grandioso misterio que nos empapa con humildad y grandeza. Humildad porque nos hace estar bajo su dirección “sin cesar” y grandeza porque se nos entrega el extraño honor de poder mover el brazo de Dios en la tierra mientras nos acurrucamos en su regazo.

La oración, aparte de todo el pragmatismo y el sentido que se recogen en los buenos estudios y enseñanzas bíblicas, a buen seguro que también contiene valores desconocidos para el ser humano. Más grandeza. La comunicación con el Creador rompe cadenas en esferas espirituales que desconocemos y apela a la fe no sólo en el sentido de creer en que Dios nos escucha sino que también trata sobre la fe en el poder de la oración como fin y fruto en sí mismo.

Gran parte del cristianismo contemporáneo, como producto de su tiempo, lucha contra las corrientes mundanas en las que las acciones a menudos se contemplan como medios utilitaristas en cuanto al valor de dichas herramientas para colmar nuestras apetencias hedonistas o materialistas. Esas son las filosofías de este mundo que amenazan a la iglesia y que en ocasiones consiguen adentrarse como invisible gas tóxico. Velemos o roguemos por ello.

Algunos han degradado la intimidad con Dios y la han convertido en un medio, creando una teología en la que no se reconoce que la práctica de todo mandato divino es ya un fin en sí mismo. Por mucho que se empeñen algunos teleevangelistas, la oración no es sólo un instrumento para conseguir resultados. La oración ya es todo lo que dice la Escritura acerca de ella y mucho más, poseedora de más trascendencia de la que podemos imaginar.

Me sobrecoge la imagen contemplada por el apóstol Juan en la isla de Patmos cuando ve que “otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos” (Apocalipsis 8, 3-4). La simbología de la visión de Juan vuelve a poner nuestras oraciones como algo excelsamente y misteriosamente sublime. El último libro de la Biblia, nos dice que la oración es más de lo que podemos razonar, algo que me anima a participar del fruto de la oración. Nos lo dice Dios en el libro del fin de la Biblia y del fin de los tiempos.

Orad sin cesar (1 Tesalonicenses 5, 17) es lo que Pablo asevera al definir la oración como la respiración del cristiano, un estado de intimidad con Dios que además de los tiempos de reposo a solas con el Padre se impregna también en cada hora de cada día. La oración entre Dios y los humanos no tiene nada que ver con la religión rutinaria sino con la dependencia total con el Creador. La oración que Pablo enseña a los creyentes de Tesalónica es la oración de respiración del delfín, pues para estos animales la respiración es un acto voluntario y no un acto reflejo y mecánico como nos ocurre a los humanos. En medio del océano, una pérdida de conciencia para los delfines –como sería nuestro dormir, por ejemplo- sería fatal para estos animales. Si no respiran, se mueren y por eso poseen un mecanismo de adaptación al medio oceánico que les permite dormir sólo la mitad de su cerebro, para seguir viviendo y velando mientras reposan. Así se entiende la oración, no como un acto mecánico sino como una decisión vital al estilo delfín… como respiración del fin en sí mismo.

www.aguadevida.net , por Luis Marián

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