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Una vez me preguntaron sobre el significado un texto del Nuevo Testamento que, a primera vista, a algunos les ha parecido entender algo así como que al convertirnos a Cristo dejamos de ser nosotros mismos para ser otra cosa. El texto por el que me preguntaron es el siguiente: “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gálatas 5, 24-25) Hay más versículos que nos pueden llevar a hacernos preguntas sobre nuestra identidad, sobre nuestro nuevo yo. Otros ejemplos: “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.” (Romanos 7, 4). “No te sorprendas de lo que te he dicho: Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3, 7). “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” Gálatas 2, 20). “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8, 34)
¿Qué es esto de entregar nuestro Yo? ¿Supone peder nuestra personalidad? La respuesta es que no. Lo que la Palabra de Dios quiere decir es que debemos renunciar a ese falso yo, renunciar a la carne (que es la envidia, vanidad, codicia, lujuria, etc.), al mundo, a los deseos vanos, el diablo, renunciar a aquello que no nos dejar ser nosotros mismos. Matar nuestro yo es abandonar lo que está en nosotros, que nos esclaviza y que esta compuesto por aquello que no nos deja ver ni experimentar el sentido para el que nos ha creado Dios. Por eso la conversión exige abandonar los deseos que no nos hacen libres, dejar ese YO egoísta, falso y esclavizante “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8, 13-14). Nacer de nuevo y morir a uno mismo no tiene nada que ver con la renuncia a tu personalidad en cuanto a aquellas cosas que te hacen original y diferente de otros, no tiene que ver con tus gustos sanos o sentimientos sino con el ser el libre de ataduras y falta de propósito. El filósofo Kant ya afirmaba con razón que el hombre que se dejaba dominar por lo que hacía nunca hallaría su felicidad. Y es que uno de los grandes logros de la fe en Cristo es que uno es capaz de olvidarse de sí mismo para actuar sin el temor al qué dirán. Por lo que ha hecho Cristo en nosotros es por lo que nos es posible llegar incluso al sobrenatural hecho de perdonar a los enemigos, a los que nos hacen mal. Todo esto marca la diferencia.
El ejemplo de Jesús
Cristo, llevando la cruz, recibiendo agravios, falsas acusaciones, insultos, tortura… tenía conciencia plena de quien era en Dios. Esa identidad bien afirmada era lo que le mantenía en un estado de liberación sin rencores que le podía hacer decir:
“perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34), puesperdón de pecados era lo que se desprendía del Hijo de Dios.
La motivación de Cristo seguía estando centrada en el hecho de bendecir a los demás y en su relación con Dios Padre. Esa convicción y actitud era lo que le mantenía libre y sano emocionalmente. Si realmente fuésemos capaces de imitar un poquito a Jesús y no sentirnos aludidos cuando otros dicen algo injusto o impropio acerca de nosotros, seríamos mucho más libres. Ese es nuestra meta, pues cristiano significa ser imitadores de Cristo (1 Corintios 11, 1).
La mayoría de nuestras miserias, de nuestras heridas, de nuestras lentitud para crecer en Dios, de nuestros odios, nuestros rechazos, baja autoestima, necesidades de apariencia, problemas de carácter, dificultades en las relaciones personales, orgullos, búsqueda obsesiva del ser reconocidos por los demás, etc. se deben a que todavía no hemos asimilado lo que Dios dice de nosotros en su Palabra. El Evangelio afirma que nuestra identidad nos la ha dado Cristo y que no depende de lo que otros digan, ni siquiera de las mentiras que podemos pensar acerca de nosotros mismos. La obra de Cristo ha roto todo eso, pues aunque tú hubieses sido la única persona en la tierra, Cristo también habría venido a este mundo tan sólo a morir por ti.
Es bueno y necesario que empleemos tiempo en terapias de sanidad interior, consejería o sesiones que te ayuden a perdonar a quien te hizo daño, a quien te dijo una cosa fea y te afectó… pero si no asimilas que tu identidad es lo que Dios piensa de ti a través de su palabra, seguirás de terapia en terapia sin crecer correctamente. Asimilar esta verdad es tu decisión. Si no asumes que obedeciéndole a Él te haces más libre y más tú mismo todo te costará más.
Dios no nos dice nada por capricho, pues detrás de cada mandamiento, si lo examinas con detenimiento, se esconde una conclusión: Dios quiere lo mejor para ti, quiere que tengas paz y que no seas esclavo del mundo y de todo lo que te pueda atar. Todo tiene un proceso, y el integrar la sanidad de Cristo es un caminar que toma su tiempo, pero para que esto ocurra de la mejor manera posible debemos confiar en Dios y tomar decisiones que nos desaten del estar más pendientes de la opinión de los demás y de nuestro pasado que de nuestra nueva realidad en Cristo.
El ejemplo de Moisés
El líder de los hebreos nunca buscó el reconocimiento de la masa. Moisés fue un escogido del Señor aunque, por momentos, también fue un desechado de su tiempo a causa de la búsqueda del contentamiento de su Dios y no de los hombres. Mientras se desarrollaban las plagas acaecidas contra Egipto, el faraón multiplicaba la carga de los esclavos hebreos, con lo que Moisés se convirtió en objeto de escarnio y crítica por parte de su pueblo y de sus enemigos egipcios al mismo tiempo. Por un lado, los egipcios consideraban a Moisés como un traidor desagradecido que les había llevado a un considerable empeoramiento de su estabilidad social y bienestar a todos los niveles. Por otro lado, los hebreos comenzaban a ver a Moisés como el acrecentador de su tortura. Ahí estaba el hombre. Ni egipcio ni hebreo. Solo. Sin honores, sin reconocimiento y sin bandera. Y todo por amor y obediencia al Dios que le había transformado, pues Moisés sabía bien dónde estaba su identidad. No dijo: “todo el mundo me rechaza y nadie me felicita ¡Ya no hago nada más! ¡Que se vayan todos a freír espárragos!”. La motivación de Moisés no dependía de los reconocimientos externos que engrandecen el ego sino de lo que era su verdadero fundamento: "Dios te ha salvado, Él lo ha hecho, Él hace la obra y tú eres todo para Él". A quien firmemente creía así, no le hacía falta más identidad ni aplauso que el aliento fiel del Padre. El cabrero tartamudo a quien una voz divina le habló desde un hierbajo se levantaba sin complejos como salvador de los esclavos. El caso de Moisés es otra muestra más de que la pasión del Padre se palpa en la escucha de la zarza del Sinaí, y no en los espinos y rastrojos causados por historias de rechazo y falta de reconocimiento.
Del mismo modo, Dios nos insta a tener la mentalidad que Moisés cuando nos acercamos a la Palabra de Dios y a la puesta en práctica de la misma. Para Dios, la identidad en Él no es otra cosa que agarrarse a todas las oportunidades de cambio para mejor. La identidad que Dios te da es progresiva, no nos ha hecho seres estáticos sino buscadores del continuo progreso y libertad. Recuerda que el cristiano no es alguien que no se equivoca nunca sino alguien a quien se le concede el don de levantarse después de cada caída. Dicho esto, siempre será bueno que mantengamos la costumbre de animar a otros y reconocerles su labor, pues aunque no dependamos de los elogios, resulta de gran ánimo el considerar el esfuerzo de otros. Necesitamos del calor humano.
Cuando a Jesús le preguntan sobre cuál es el gran mandamiento, él responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22, 36-40). Ese yo falso del que venimos hablando es precisamente lo que no nos permite amar correctamente ni a Dios ni al prójimo como a nosotros mismos. Si amamos a Dios sobre todo, se tiene que producir el efecto de obedecerle, pues la obediencia se presenta en la Escritura como la principal arma de la guerra espiritual. En todo este camino es Dios quien te ayudará de forma sobrenatural, pero recuerda también que Dios no nos obliga a hacer nada que no queramos y que la obra también depende de nuestras decisiones finales, pues la obediencia a Dios es una decisión libre. Es fundamental asimilar que para amar al prójimo como a uno mismo, primero hay que saber aceptarse y amarse a uno mismo con la ayuda de Dios. Amar al prójimo no significa inventarse emociones o sentir simpatía por quien no se tiene. No. Amar al prójimo como a uno mismo significa perdonar, tolerar, aceptar imperfecciones y desear lo mejor para el otro del mismo modo en que procuramos hacer todo esto con nosotros mismos. No podemos ignorar que ese Yo egoísta al que la Escritura nos exhorta a abandonar puede incluso llevarnos a realizar cosas espirituales o religiosas, no tanto para Dios, sino para que los demás nos valores o halaguen. Ese orgullo destructor, esa negación a morir a uno mismo nos puede llevar también a ser caritativos, maestros, dadores o intercesores entre otros nobles menesteres. Podemos convertirnos en todas estas cosas tan loables tan sólo para reforzar una falta de autoestima que debería haberse fundamentado más en lo que Dios dice de nosotros en lugar de entregarnos al poder mundano de la imagen y del que dirán. Y es que si había algo que enfurecía al Cristo de los evangelios era precisamente el hacer el bien para que otros nos viesen: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha” (Mateo 6, 1-3). Estos religiosos eran aquellos que “amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Juan 12, 43). Cristo libera y la religión esclaviza (entendiéndose aquí religión como la búsqueda del favor de Dios a través de tradiciones, ritos y méritos personales), pero practicar la religión por causa de la vanidad espiritual esclaviza cien veces: “y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.” (1 Corintios 3, 13). A veces decimos que “yo hago tal cosa para la gloria de Dios”, pero mira con urgencia si es verdad. Lo que hacemos no debe ser para que nuestra autoestima suba gracias al reconocimiento de otros, pues esto sería un desprecio a la identidad que ahora tenemos en Cristo. Cuando decidimos nacer de nuevo, todo se hace por agradecimiento, por amor a Dios y a los demás como a uno mismo. En este mismo sentido leemos en el Evangelio lo siguiente: “(Jesús), volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8, 33-37) Somos imperfectos y moriremos imperfectos, y es por la gracia de Dios por lo que él nos ha aceptado. No es por nuestros méritos, pero también es cierto que Jesús hablaba en serio cuando nos exhortaba a vivir en el proceso continuo de mejora y cambio. Gracias a Dios, en la nueva vida contamos con el gran milagro de la intervención sobrenatural del Espíritu Santo, lo que hace posible que nos sucedan cosas que antes de conocerle no podían acontecer. Ahora abrimos la mano a lo sobrenatural, y cuando el Evangelio dice que veremos maravillas y milagros no se refiere sólo a que Dios te puede dar un trabajo que parecía imposible o que de repente te puede llegar una buena suma de dinero en estado de imperiosa necesidad; la Palabra de Dios también se refiere a que Él va a obrar en tu persona de forma milagrosa.
Conclusión El milagro del Nuevo Nacimiento consiste principalmente en que la persona que Dios había pensado que tú fueras se va a ir manifestando durante toda tu nueva vida en Cristo. La Biblia habla de la gracia, pero habla también de la obediencia a su Palabra, de tomar decisiones que el Señor no te va a obligar a acometer pero de las que sí nos avisa de que un día daremos cuenta, pues “por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres” (1 Corintios 7, 23). Nadie puede ser esclavo de su identidad, y cuando surge una oportunidad de cambio debemos cambiar; eso es el Evangelio. El caminar cristiano es una consecuencia de la redención y nunca un instrumento para otros fines. Esto es lo que nos dará paz. Gracias a Dios. No olvidemos tampoco de bendecir, pues es de bien nacidos el ser agradecido.
www.aguadevida.net , por Luis Marián
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