La mujer en la Biblia
                             

El ataque contra las mujeres

laidentidad

Desde el momento en el que en el jardín del Edén Dios le dijo a Satanás que la simiente de la mujer aplastaría su cabeza, el diablo ha estado atacando ferozmente a la mujer por todo el mundo. El enemigo apela al orgullo de los hombres alegando que las mujeres no son iguales, que son menos valiosas. Aunque se le ponga la etiqueta de machista no es otra cosa sino orgullo. El pecado de orgullo es la negativa de aceptar la verdad sobre quién es uno. La soberbia se infiltra cuando uno piensa que es mejor que los demás. Es la base del racismo, el nacionalismo y muchos otros ismos, entre ellos el machismo. El orgullo consiste en creer una mentira acerca de uno mismo y de los demás. Cosa que al final suele conducir a la destrucción.

Para que Dios sea glorificado, su pueblo debe asumir el liderazgo en la liberación de las personas. Desde que un puñado de cristianos comenzó a luchar por la liberación de los esclavos, y desde mucho antes, los cristianos genuinos han sido ejemplo pionero en la lucha por la igualdad y la dignificación del ser humano.

La mujer en la antigua Grecia

A la sombra de unos cipreses vemos un grupo de jóvenes sentados en el suelo, junto a los pies de un anciano de piernas arqueadas. El hombre les habla, le escuchan con atención.
No existe el Hades” -declara pausadamente el maestro- “no tenemos temor a un castigo en algún lugar remoto, desolado. Nuestro castigo nos acompaña aquí y ahora. El precio por el pecado fue impuesto en los albores del tiempo por el mismo Zeus, cuando nos afligió con estas criaturas. Lo concibió también para que no pudiéramos existir sin su ayuda ni soportar su compañía” - un borbotón de risas le interrumpe - “No podemos huir de este dolor, ya que vive entre nosotros. Este dolor es nuestras hermanas, nuestras madres, novias, esposas, hijas, queridas y concubinas. Además, si nos pasamos la vida haciendo el mal de manera cobarde, después Zeus nos devolverá a esta vida como mujeres”.

Haz, querido lector, una pausa para asimilar lo que acabas de leer, y dirígete a uno de esos muchachos que tienes a tu lado para preguntarle: “¿Quién es ese hombre que habla así?” “Ah, ¿¡pero no conoces a Platón, el más grande filósofo que habita entre nosotros y discípulo del mismísimo Sócrates!?”

El poeta Homero elaboraba las bases de lo que asumiría la sociedad griega siglos antes del nacimiento de Jesús. Homero creó las leyendas de aquellos tiempos antiguos con La Ilíada y la Odisea. En estas obras, las mujeres son causa de todo conflicto y sufrimiento. No obstante, las mujeres no poseen papeles activos; son meros objetos para ser conquistados, o instrumentos en la lucha por el poder de los hombres. ¡Carecen de valor!
Uno de los personajes de Homero se burlaba diciendo “¡No eres mejor que una mujer!” En ningún lugar. Homero hace mención de una mujer con identidad propia. Siempre era “la hija de…”, o la “esposa de…”, o la “concubina de…”.

Otro de los poetas más importante de la antigüedad griega era Hesiodo. Él escribió La Teogonía, que era algo así como el libro del Génesis de los griegos. Según Hesiodo, hubo un tiempo sobre la tierra en el que los hombres vivían felices sin mujeres. La mujer fue un castigo de Zeus para Prometeo por su desobediencia. La mujer fue la maldición eterna del hombre, pues Zeus “creó un ser perverso, una mujer llamada Pandora”, “un hermoso mal… que el hombre no podía resistir.

Según otro poeta importante como Semónides, “desde el principio, dios hizo la mente de la mujer como cosa aparte”. Y es que en aquellas sociedades no se debía confiar en las mujeres, pues fueron dadas a los hombres como una maldición. Ellas eran fuente de todo mal, ya que el mal era su naturaleza.

Imagen de Pandora con su caja, la mujer causante de todos los males
     Platón dijo: “Las mujeres son inferiores en bondad a los hombres”. “Ese segmento de la humanidad que, debido a su fragilidad, es en otros aspectos más engañoso y secreto”. El infierno no existe en la enseñanza de Platón, pues el temor a reencarnarse como mujer era suficiente para impedir que el hombre pecara.

Hipócrates, conocido como el padre de la medicina y creador del juramento Hipocrático, enseñaba que “como consecuencia de las visiones, se asfixian muchas más mujeres que hombres, ya que la naturaleza de la mujer es menos valiente y más débil”. Aristóteles declaraba que “una mujer es como si fuese un varón estéril; es mujer porque es incapaz de producir semen”.

Se dice de Grecia que fue la cuna de la democracia, pero, eso sí, de esta supuesta democracia quedaban excluidas dos clases de personas: los esclavos y las mujeres. Y de esto hay multitudes de ejemplos en el mundo griego. No olvidemos que estas antiguas enseñanzas sentaron las bases de las creencias del mundo Mediterráneo durante milenios, siendo estas tierras las conquistadas por el imperio romano y, en última instancia, fundando nuestra civilización occidental.

El Antiguo Testamento y la mujer

En el libro del Génesis, el Dios de la Biblia usó su talento artístico para crear a Eva y entregársela como un hermoso complemento del hombre. Dios puso a la pareja en el jardín como amigos y amantes, y en lugar de las salvajes batallas de dioses y diosas de los mitos griegos y romanos, Dios creó los dos sexos con amor y compañerismo. “Y creó Dios al hombre a su imagen, A imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1, 17) Fijémonos que Dios dice que tanto el hombre como la mujer son “el hombre (traducido así y en singular en el sentido genérico de humanidad) creado a imagen y semejanza de Dios.”

A diferencia de las antiguas creencias griegas que narran que la mujer fue hecha de otra materia, de un origen distinto, el Dios de la Biblia crea a la mujer de la misma sustancia que Adán. La extrajo de la médula de Adán, tomó parte de su ADN y se formó a la mujer. Esto también es absolutamente transgresor para la época en la que se escribió el libro del Génesis. Algunos aseguran que Adán era superior porque fue formado primero. Pero por esa regla de tres, los cerdos y los perros también serían superiores al varón al haber sido creados anteriormente en este relato de la creación. En este sentido, no es el orden de aparición lo que otorga importancia.

Eva fue creada para servir con Adán, y no debajo de Adán. Los hay quienes consideran al hombre en un estatus mayor, pues Dios diseñó a la mujer como “ayuda idónea para el varón”. La palabra hebrea utilizada para ayuda es ezer keneged; ezer hace referencia a alguien a quien pedías ayuda por tener capacidades complementarías a las tuyas para solucionar un problema, y el adjetivo keneged significa igual. Más revolución a favor de la igualdad de género.

Las primeras palabras de Adán cuando dirigió por primera vez su mirada a la mujer son un cántico: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; Esta será llamada Varona, porque del varón fue tomada”. Las primeras palabras humanas que aparecen en la Biblia son una canción de amor a la mujer y a la igualdad entre su esencia y la del hombre, derrumbando así todos los mitos paganos de la antigüedad que concedían a la mujer una composición y esencia inferior.

Más adelante, leemos el mandato de: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer” (Génesis 2, 24). En ninguna cultura de la antigüedad el hombre renunciaba a cosa alguna por una mujer, pues era ella quien debía sacrificarlo todo.

En el plan de Dios para el hombre, “y señoreen… (plural) en toda la tierra…” (Génesis 1, 26), Dios no dio dominio sobre la tierra al hombre hasta que la mujer no estuvo a su lado. Cuando ambos pecaron, Adán dijo: “la mujer que me diste por compañera…” (Génesis 3, 12) y no dijo: “la mujer que me diste…”. Eva no era propiedad de Adán. En este relato, el mal no entra al mundo a través de la mujer, sino a través de la pareja. Esto es también una diferencia respecto a aquellos mitos griegos como el que afirma que el mal entró en el mundo  través de Pandora. En el relato del Génesis, ambos fueron culpables delante de Dios, y ambos sufrirían las consecuencias.

Dios también les da a ambos una esperanza compartida. “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza y tu le herirás en el calcañal.” (Génesis 3, 15) ¡Que declaración tan extraordinaria a los ojos de la medicina griega y de la filosofía de los antiguos!, pues ellos creían que el hombre sembraba su semilla en la mujer, la cual estaba considerada como el terreno, algo así a como si el asunto consistiese en que el varón metiese un mini hombre que habría de crecer dentro de la mujer. La simiente de Eva era también una visión infrecuente.

El antiguo contexto judío y la mujer

A continuación, exponemos algunas de las ideas escritas por rabinos judíos, que reflejan que no se respetó el espíritu original del Génesis, y que confirman que la creencia en la superioridad masculina configuró gran parte de la enseñanza posterior del judaísmo:

La vida de un hombre debe salvarse antes que la de una mujer; y la propiedad perdida de él debe ser restaurada antes que la de ella”. “Diez cabs (unidad de medida) de murmuración descendieron al mundo: nueve de ellos se los apropiaron las mujeres”. “Las mujeres son glotonas”. “Las mujeres son de un temperamento inestable”. “Aunque un hombre tiene el derecho exclusivo a la sexualidad de su esposa, el derecho de la esposa a la función sexual del marido nunca es exclusiva. Ella no puede legalmente impedir a su marido que tome otras esposas ni mantenga relaciones sexuales con mujeres solteras”. “¡Ay de aquel que tiene tres hijas! Una hija es como una trampa para su padre… Cuando es pequeña, él teme que sea seducida; cuando es doncella, que sea promiscua; cuando sea madura, que no se case; cuando se casa, que no pueda tener hijos; cuando envejece, que practique la brujería”.

Todo lo relacionado con el cuerpo de la mujer era considerado sucio por algunos de estos judíos. Había cierta clase de fariseos conocidos como los sangrantes, pues a menudo tropezaban mientras andaban con los ojos cerrados para no ver a mujer alguna. Los rabinos que alababan a las mujeres se destacaban por ser pocos.

El Nuevo Testamento también recoge el concepto social tan bajo que se tenía de la mujer por entonces. “En esto vinieron sus discípulos, y se asombraron de que [Jesús] hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?” (Juan 4, 27). Cuando Jesús establece conversación con una mujer, dice el relato que los discípulos se quedaron sorprendidos, extrañados (algunas traducciones han vertido el texto como “se maravillaron” en el sentido en que “se sorprendieron”). Y todo este escándalo por el mero hecho de que un hombre hablaba con una mujer, un ser que había llegado a ser considerado poco menos que nada.

En contraposición a este pensamiento, Jesús se levantaba para destruir las obras del mal y abrir ríos en el desierto. Vino a restaurar el plan original de Dios y sus propósitos para los hombres y las mujeres teniendo en mente los prejuicios e injusticias de la época del mundo y momento al que vino. Veamos algunos ejemplos de la magnitud de su revolución.

Jesús y la mujer: La bombilla

Hay ocasiones en las que leemos palabras de Jesucristo pasando por alto su impacto original, pues en nuestra sociedad, en ocasiones damos por conocido el mensaje que Jesús predicaba. Esto es como la bombilla. Vemos una bombilla y no le damos mayor importancia, pues ya forma parte de nuestra vida cotidiana. Pero en su día fue un invento absolutamente revolucionario, pues significó el comienzo de la llegada de la electricidad a las casas, y con ello todos los aparatos que se fueron inventando. Una pequeña y simple bombilla significó el comienzo del boom de la revolución doméstica y del bienestar en general. Hoy en día no concebimos la vida sin electricidad del mismo modo en que a veces no valoramos el hecho de que la mujer tenga derecho al voto, igualdad en la educación, en el trabajo (aunque sabemos que todavía quedan parcelas por conquistar…), etc.

Por todo esto es tan importante entender el contexto histórico en el que se encontraba Jesús. Sus palabras, al igual que la bombilla, pusieron la base para una revolución de justicia individual y social que nosotros debemos desarrollar en pos de la igualdad entre todas las personas. Esa bombilla tiene destellos radicales como el “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10, 27). Pero no nos podemos quedar en la bombilla, pues es nuestro deber el regar y hacer crecer esa semilla para que se convierta en un árbol de libertad. No debemos quedarnos en las formas, en la bombilla, debemos continuar con la obra que el maestro comenzó. ¡Él mismo dijo que haríamos cosas mayores que las que él había hecho! (Juan 14, 12).

      Debemos continuar para crear el ascensor, la lavadora, el frigorífico, el ordenador, el metro… todo con la misma pasión, ilusión, energía, transgresión y revolución que trajo Jesús. Si no producimos el mismo efecto en nuestra sociedad es que nos falta parte del Espíritu de Jesús. Significa que nos hemos acomodado. Busquemos las cosas en las que podemos producir una revolución de amor, justicia y verdad. Primero en nuestras propias vidas, en nuestro entorno. Y sobre todo en nuestras iglesias, demos a la mujer el lugar que le pertenece.

Su nacimiento

Como ya apuntamos anteriormente, los antiguos creían que el semen masculino contenía pequeños seres humanos formados en la cabeza del hombre. Esta creencia condujo al concepto griego de ser cabeza. La mujer era sólo el terreno donde el hombre en miniatura crecía hasta el nacimiento. Por supuesto, si uno piensa que la mujer no es nada más que tierra, la tratará tal cual. Pero Dios invirtió esa idea haciendo que Jesús naciese de una mujer, sin intervención del hombre y que ella fuera su único progenitor terrenal. A veces José da un poco de pena porque parece que está un poco a la sombra, aunque la Escritura deja bien claro que él fue un buen hombre. Pero lo cierto es que María fue la única fuente humana del ADN de Jesús.

Su muerte

La muerte de Jesús fue la razón principal de su venida a la tierra. En el Antiguo Testamento todos los personajes que eran enviados con una misión eran ungidos. Por ejemplo, Samuel ungió a David para proclamarle futuro rey.

¿Quién ungió a Jesús? Fueron dos mujeres. Su primo Juan lo bautizó, pero dos mujeres lo ungieron. Una semana antes de su muerte, en la casa de Lázaro, Jesús fue ungido por María. (Juan 12, 1-8). Unos días después, otra mujer entró en la casa donde Jesús estaba cenando y derramó el contenido de un frasco de alabastro carísimo sobre su cabeza. Jesús le dijo que por haber hecho esto, su acto sería conocido allí donde fuera predicado el Evangelio. Jesús puso a aquella mujer en el centro de atención (Mateo 26, 6-13).

Su resurrección

Después de la resurrección, Jesús volvió a honrar a las mujeres, apareciéndose en primer lugar a María Magdalena. Las mujeres fueron las primeras que encontraron la tumba vacía (Mateo 28, 10; Juan 20, 17).

¿Por qué los discípulos fueron hombres?

Algunos se han opuesto al liderazgo de la mujer en la iglesia argumentando que Jesús llamó a doce apóstoles varones para que fueran sus discípulos. Si éste fuera un argumento válido, ¿por qué reducir las exigencias al género? Jesús escogió sólo a judíos cuando pudo haber llamado a gentiles. Pero todos ellos eran de una nación y de una región: Galilea. Todos los que escogió hablaban arameo. Por lo tanto, ¿no deberíamos nosotros elegir sólo a líderes que hablen arameo además de que sean judíos varones y nacidos en Galilea?

Jesús diseñó un programa muy específico para sus tres años de ministerio activo. No confrontó todos los prejuicios habidos y por haber de su tiempo. Aunque dijo a sus discípulos que tenía muchas otras cosas que enseñarles, también les informó de que aún no estaban listos.
Jesús nunca confrontó la esclavitud, pero nos dio la bombilla, la chispa para comenzar un proceso de justicia. Jesús nos dio la semilla que bajo nuestra responsabilidad sería regada y crecida. ¿Cómo puedo explicarle yo a un niño los entresijos de pagar a Hacienda? Tengo que empezar por enseñarle sumar y restar. Y es que Jesucristo puso las bases, indicando el camino y la línea a seguir.

Además, la elección de los doce apóstoles es una de las decisiones más trascendentales de la historia y en el que la predicación del Evangelio a todas las naciones se constituía como propósito principal. En línea con todo lo que aquí se viene viendo, es obvio que en aquellas culturas no se les prestaba atención a las mujeres en asuntos como la enseñanza. Tener mujeres como mensajeras principales del Reino no habría ayudado expandir el mensaje, y no por culpa de ellas, sino principalmente por los prejuicios de los oyentes y por la falta total de acceso a la educación para las mujeres. Aún así, es interesante anotar que la mayoría de los estudiosos de las Escrituras concluyen con que hubo un Apóstol, Junias (Romanos 16, 7), que sí era mujer.

Hija de Abraham

Lucas 13, 10-17 contiene otra historia revela lo radical del desafío de Jesús a la doble moral de algunos rabinos.

Las mujeres eran relegadas a sentarse en la parte posterior de la sinagoga separadas de los hombres. La invitación que Jesús hizo a la mujer dio un fuerte golpe al monopolio masculino en el culto público. Al ponerla en el centro de atención, justo enfrente de toda la sinagoga, sacudió la mentalidad de los varones. Fijémonos en que Jesús no fue hacia donde ella estaba, sino que la trajo a la zona de los hombres.

Y no solo esto, sino que ante la acusación de los rabinos, Jesús se defendió diciendo que aquella hija de Abraham merecía ser libre de su aflicción, aunque fuera el sábado el día de reposo. No había precedente de la expresión hija de Abraham que empleó Jesús en aquel momento. Eso era un título para los hombres, que no consideraban a la mujer herederas de Abraham igual que los hombres. Jesús no solo sanó el cuerpo de aquella mujer mayor, sino que también restauró su dignidad como persona.

Otros ejemplos

¿Y qué decir de la mujer adúltera que iba a ser apedreada? Allí fue cuando Cristo mencionó la famosa frase de “quien no tenga culpa que tire la primera piedra” (Juan 8, 7) ¿Y  qué de la mujer del flujo de sangre que no cesaba? (Lucas 8, 43-50) Cristo permitió que le tocara aunque para entonces eso era algo impuro. De nuevo, Cristo puso a una mujer en el centro de atención y la sanó. También permitió que le tocara y besara los pies la prostituta que le lavó con sus propias lágrimas para gran ofensa de los allí presentes (Lucas 7, 38).

El bautismo

Jesús trajo consigo el alba de un nuevo día. Antes de ascender al cielo, dio las últimas instrucciones a sus discípulos. Estableció un sacramento destinado a integrar personas de ambos sexos en la Iglesia, el nuevo pueblo de la fe. El antiguo sacramento de la circuncisión era solo para hombres. Pero el nuevo rito que Jesús instauró fue el bautismo. Era una oportunidad, tanto para los hombres como para las mujeres, de declarar públicamente que formaban parte del pueblo de Dios.

Tal vez no haya que sorprenderse de que las mujeres fueran las primeras en la cuna y las últimas en la cruz. No habían conocido a un hombre como éste. Jamás hubo otro igual. Un profeta maestro que nunca las regañó ni las aduló; nunca las engañó ni las trató con arrogancia, ni hizo de ellas chistes maliciosos, ni nunca dijo: “Las mujeres ¡Dios nos libre!” O, “Las señoras ¡Dios las bendiga!” Él las reprendía sin queja y las alababa sin condescendencia; tomaba sus preguntas y sus razonamientos en serio; nunca les imponía restricciones. Ni las instaba  a ser femeninas, ni se burlaba de ellas por serlo; no tenía intereses creados ni inquieta dignidad masculina que defender. Las trataba tal como eran, con plena franqueza. No hay hecho, ni sermón, ni parábola en todos los Evangelios que insinúe con mordacidad una supuesta perversidad femenina; nadie puede en modo alguno deducir de las palabras y hechos de Jesús algo que fuera “raro” acerca de la naturaleza de la mujer”                    Dorothy Sayers

Las cartas de Pablo y la mujer

“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor”.
(Efesios 5, 21-32; 6.1-9)

Por primera vez, la relación con Dios debe ser visible no solo en la vida de iglesia, sino en la vida privada de la familia. Y todo dentro de un contexto en el que se busca la llenura del Espíritu Santo y la sumisión1 mutua. En aquella época, la mujer, los hijos y los esclavos debían estar sometidos al pater familiar, una figura intocable, superior. Sin embargo, en una época en la que no era infrecuente que las familias arrojasen como comida para las bestias a sus niñas recién nacidas, Pablo le dice al marido que ame a la mujer como a su propio cuerpo ¡Esto es algo revolucionario! Lo mismo pasa con el trato a los esclavos, quienes eran considerados como poco más que animales. En los tiempos antiguos, el patriarca podía incluso quitar la vida a su hijo o a su esclavo si lo creía conveniente.

Pablo está exigiendo algo absolutamente revolucionario y distinto. Aquí no es la mujer la que sale mal parada por tener que sujetarse, ya que el marido también debe someterse a ella en este respeto y consideración afectuosa a la que se le llama sumisión mutua. Estos versículos eran un mal trago para los hombres. Imaginaos la mofa que recibirían de parte del resto de los hombres: ¡Calzonazos! ¡Que tu mujer te tiene dominaaaoo! Pero imaginaos lo que esto pudo suponer para las primeras cristianas.

Desde el principio, Dios dispuso que la mujer no debiera ser tratada como una mera propiedad que el hombre toma para sí, sino como compañera a quien debe darse. Ahora Pablo predicaba que el amor abnegado con el que vino Jesús para darse por la humanidad era el mismo que el hombre debía hacia su mujer. En la misma línea ya comentada, Pablo no confrontó directamente la institución de la esclavitud, pero abrió la senda al colocar a los esclavos al mismo nivel de igualdad que los amos en Jesús. De nuevo sembró la semilla del cambio para que nosotros la hiciésemos crecer.

Ya no hay varón ni mujer

Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 28) 

Probablemente, este versículo que hemos visto fuese escrito en respuesta a una oración, la beraka, que recitaban todos los judíos piadosos cada mañana al despertarse y que dice así: “Bienaventurado aquel que no me creó gentil. Bienaventurado aquel que no me creó mujer. Bienaventurado aquel que no me creó hombre ignorante o esclavo”. Estás eran las primeras palabras que oía una esposa al despertarse cada día.

¿Quién tiene dominio sobre quien?

La mujer no tiene dominio sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido dominio sobre su propio cuerpo, sino la mujer” (1 Corintios 7, 4)

¿Qué significa ser cabeza?

“Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo”(1 Corintios 11, 3)
 
      La palabra griega utilizada para cabeza en griego es kephale. Tan solo en el cinco por ciento de las veces en que se quiere decir líder o dirigente se utilizó esta palabra en la septuaginta, que fue la primera traducción al griego del Antiguo Testamento. En el otro 95% esta palabra es utilizada para designar la cabeza física. Hay numerosísimas veces en la literatura antigua, en donde kephale significa fuente u origen. Esto proviene de la antigua noción, ya mencionada, de que el semen, la fuente de la vida, y que se producía en el cerebro del varón, localizado por supuesto, en la cabeza. Aristóteles lo creyó así, e influyó a las generaciones que lo siguieron.

Por tanto, podemos optar por una de las dos posibles traducciones de 1 Corintios 11, 3:

1. “Pero quiero que sepáis que Cristo es la autoridad/líder de todo varón, y el varón la autoridad/líder de una mujer, y Dios la autoridad/líder de Cristo”.
2. “Pero quiero que sepáis que Cristo es la fuente/origen de todo varón, y el varón la fuente/origen de una mujer, y Dios la fuente/origen de Cristo”.

La mujer ha de orar con la cabeza cubierta

A la luz del resto de los textos de Pablo, bien podemos decantarnos por la segunda traducción, sobre todo sabiendo que Jesucristo es Dios (Juan 1, 1), y que no es el segundo de a bordo en ningún lugar, por lo que el decir que Dios es cabeza de Cristo no rebaja a Jesús de su estatus de máxima soberanía y poder.

Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado […] Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza? La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?” (1 Corintios 11, 5-5 y 13-14)

       Respecto a la expresión: “La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?”, hay que decir que el término naturaleza es traducción de la palabra griega physis y que también significa costumbre, hábito social, tradición o decoro. La prueba de que aquí la acepción ideal es la de costumbre es el propio mensaje del versículo, pues sólo por hábito social podemos decir que dejarse el cabello largo es algo deshonroso. La naturaleza como tal, no nos puede indicar nada al respecto. De hecho, la misma palabra physis (naturaleza en el texto anterior) aparece traducida como “físicamente” en alusión a la práctica tradicional de la circuncisión (Romanos 2, 27).

      Obviamente, en el texto de Romanos nadie interpreta que por naturaleza los judíos deben circuncidase, pues si fuera así, no sólo la circuncisión sería aplicable a los judíos sino que la Biblia diría que esto es necesario para todo el mundo. Tal y como comprobamos, la palabra physis de los escritos del Nuevo Testamente también apunta a las costumbres sociales, siendo el texto de 1 Corintios 11 este caso de alusión a los formalismos de la época.
Más sobre el velo o el taparse la cabeza

       Además de algunos contextos del imperio romano, también las griegas, egipcias o babilonias usaban el velo en sus culturas. En el Antiguo Testamento no sólo no se habla del velo como algo impuesto por Dios sino que no se habla de esto más que en tres o cuatro descripciones físicas. Con todo, una de las escasísimas apariciones del tema en la Biblia es precisamente cuando se nos narra que el velo era el típico distintivo de las prostitutas ¡Cómo cambian las costumbres! El relato en cuestión es el siguiente:

Entonces se quitó ella los vestidos de su viudez, y se cubrió con un velo, y se arrebozó, y se puso a la entrada de Enaim junto al camino de Timnat; porque veía que había crecido Sela, y ella no era dada a él por mujer. Y la vio Judá, y la tuvo por ramera, porque ella había cubierto su rostro”. (Génesis 38, 14-15).

      En la cultura griega y romana, el que la mujer lleve velo y cabello largo pasa a ser un hábito de formalidad. Más aún cuando a las prostitutas y adúlteras se les castigaba en el imperio romano cortándoles el pelo a modo de exhibición de su vergüenza. Se podría decir que ir contra estas formalidades de decoro equivaldría a que hoy día entrase un hombre a la iglesia con los labios pintados y con tacones de aguja. No sería una forma muy decorosa, a pesar de que la Biblia no considere pecado el uso de zapatos de tacón. Lo más probable es que el mensaje liberador del Evangelio llevase a algunas mujeres a vivir una contrarreacción contra tanto abuso social hacia ellas. Esta libertad, autoestima reforzada en Cristo y rebeldía contra la injusticia pudo hacer que esta insurrección se canalizase también con la ruptura de muchos de los formalismos típicos de las mujeres de la época. Sin embargo, esta actitud no era comprendida por todos y sorprendía negativamente a algunos de quienes se iban incorporando a la Iglesia. Hay que entender que el apóstol Pablo gusta de llamar al respeto entre todos los creyentes dentro de la nueva vida en Cristo, por lo que suele avisar a los cristianos de “que esta libertad vuestra no venga a ser tropiezo para los débiles” (1 Corintios 8, 9). Por estas razones, Pablo pide decoro en la indumentaria e imagen general de las mujeres más transgresoras.

Fijémonos también en que el texto de 1 Corintios 11 dice que la mujer afrenta su cabeza (trae vergüenza sobre sí) si no se la cubre, y por el contrario, el hombre trae vergüenza si se la cubre ¿Pensamos entonces que un hombre ofende a Dios si se cubre la cabeza? ¿Corresponde esta consideración de vergüenza a un criterio permanente y universal? Parece evidente que no. Más bien, toda esta forma de considerar lo que es decoro, lo que es de educación y lo que no lo es, tiene más que ver con las reglas sociales de cada momento que con otra cosa.

Las mujeres callen en las congregaciones


      “Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (1 Corintios 14, 34-35)
Lo primero que hay que notar es que Pablo se está dirigiendo a una iglesia en particular, y no a la Iglesia universal. Debemos entender que esta iglesia tiene unos problemas propios muy marcados que sitúan a la iglesia de Corintio bajo continua sospecha doctrinal. Por estas difíciles peculiaridades, a esta congregación se le da instrucciones específicas, algo que no siempre es aplicable a la universalidad de los creyentes. Ponemos un ejemplo sobre esto: En la asociación española cristiana de ayuda al toxicómano Betel hay muchos ex-alcohólicos, por esta razón, la celebración en la iglesia de la Santa Cena la toman con zumo de uva sin alcohol. Esto no significa que todas las iglesias deban hacerlo así, pero para ellos es conveniente. En este sentido, la advertencia para que las mujeres callen en la congregación sólo se realiza para Corinto y no para ninguna otra.

Pero vayamos más allá, pues debemos recordar que Pablo anima constantemente en todas sus cartas a que las mujeres estén involucradas en ministerio, ¿y de repente esto? Debemos confiar en que habrá una explicación antes de escandalizarnos o hacer como si este versículo no existe. En el versículo 14, 26 Pablo dice que “cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina…”, sin distinción de sexo.

Hay varias razones que pueden explicar (o quizás una suma de ellas) por qué Pablo pide callar a las mujeres de Corinto en las reuniones:

Lo primero que hay que recordar es que las mujeres de entonces carecían de instrucción, por lo que podrían haber estado interrumpiendo el culto, haciendo preguntas inapropiadas en alto y de forma burda. Seguro que también fue decisivo para esta decisión el hecho de que algunas mujeres trajeran consigo el modelo de comportamiento de sus cultos paganos. Corinto era la capital de corrientes filosóficas como el gnosticismo, el gran enemigo de la fe cristiana en sus comienzos. El gnosticismo fue una corriente tan poderosa que muchos de los contenidos del Nuevo Testamento están elaborados para advertir y aconsejar a los primeros cristianos contra la negativa influencia del movimiento gnóstico. La epístolas a los colosenses y gran parte de las cartas a los corintios tratan con especial insistencia el problema gnóstico. Puesto que la doctrina cristiana se estaba asentando por entonces (obviamente, no tenían todavía la Biblia con ellos), muchos de los nuevos creyentes no se habían desprendido aún de las creencias gnósticas. Entre los gnósticos, algunas mujeres tenía una especie de papel de médium espiritista, siendo habitual el uso de las reuniones para comunicar mensajes supuestamente angelicales y que no eran otra cosa que falsas doctrinas que se exponían con gran alboroto y que buscaban conseguir el éxtasis colectivo. Por esta razón, muchos historiadores están convencidos que este problema de sincretismo es el principal problema para que Pablo ordenase que la mujer callase en la iglesia de Corinto, una congregación conocida por su desorden y problemas morales. Lo que el apóstol esperaba es que todos ministraran de una manera ordenada, sin el caos que reinó en el pasado pagano.

En la línea de los comportamientos sociales de la época, lo que resulta indecoroso en un contexto no lo es en otro. Teniendo esto en cuenta, el mencionado versículo no contradice el papel de liderazgo o de comunicadoras que muchas mujeres han tenido en la Biblia. Un ejemplo es Débora, quien fue gobernadora del pueblo de Dios por más de 40 años (Jueces 4 y 5). La personalidad de Débora era tan reconocida e inspiradora que Barac dice que sólo juntará al ejército para enfrentarse al enemigo si ella le acompaña al frente de batalla. Junto a esto, la Biblia recoge otros ejemplos, como son los numerosos casos de mujeres que profetizan en lugares sagrados (Éxodo 15, 20-21; 2ª Reyes 22, 14; Isaías 8, 3; Lucas 2, 36-38; Hechos 21, 8-9). Aprovechamos la coyuntura para recordar al lector que el término profetizar en la Biblia no sólo hace alusión a la narración de eventos futuros sino que también implica la transmisión de toda la verdad de Dios.


      También están Priscila, quien con su marido Aquila son mencionados juntos las siete veces que aparecen citados. Evodia, Sítique y Priscila eran colaboradoras de Pablo, o María, Pérsida, Trifena y Trifosa eran trabajadoras en el ministerio. Pablo no habla con distinción alguna entre sus colaboradores masculinos y femeninos. Febe es recomendada a la iglesia de Roma, pidiéndoles Pablo que la reciban con la misma actitud universalmente propia para los líderes de la Iglesia. Tal y como se ya se comentó anteriormente, aunque el desempeño de estos cargos mencionados por mujeres ya es extremadamente transgresor en su tiempo, la mayoría de los estudiosos de las Escrituras concluyen también con que la Apóstol Junias (Romanos 16, 7) era mujer.

Pero, démosle la vuelta al asunto. Las mujeres de entonces no tenían derecho a ningún tipo de formación ni educación, pues era un derecho único de los hombres ¿Y qué hace Pablo? Si a nosotros nos escandaliza la parte en que las manda callar, a los hombres les escandalizó la segunda parte de la orden: “Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos…”. Esto se suele interpretar como una prohibición de la participación, pero ¡es justo lo contrario! Pablo animaba a las mujeres a que aprendiesen y que no se resignaran a la marginalidad y falta de formación reinante en su entorno. Esas palabras suponían una ruptura radical con todas las culturas circundantes. Las mujeres tenían escasas oportunidades, por no decir ninguna, de educarse entre los griegos y los romanos. Los judíos también excluían a las mujeres del estudio, e incluso de la instrucción religiosa formal.

Pablo entendía que en la nueva comunidad cristiana no debía suceder lo mismo. Quería que las mujeres tuvieran la oportunidad de aprender y mandó que pidieran a sus maridos que las enseñaran. Afirmó el derecho de la mujer de aprender, se abrieron puertas que ninguna mujer había podido soñar. Sin embargo, era conveniente que preguntaran en un ambiente adecuado, no durante el culto religioso, ni mientras una persona estaba orando, profetizando, o desempeñando cualquier otro ministerio público. Nunca, desde los albores del tiempo, se les había encomendado a los hombres tal obligación educativa hacia las mujeres. No había ninguna institución donde las mujeres pudieran aprender, ni escuelas para mujeres, ni universidades. Ahora los hombres debían asumir esa responsabilidad, algo que a ojos de aquella sociedad pudiera entenderse como algo humillante para el hombre, pero la semilla de la liberación de la mujer ya había sido sembrada por el Evangelio.

La mujer en la iglesia

Seguir las enseñanzas de Jesús al mismo tiempo que abrazamos aquellas inhumanas costumbres de hace dos mil años sería quedarnos con la bombilla aunque también con la oscuridad de aquellas culturas tiránicas del pasado como la griega o la romana. Adiós a la lavadora, al metro, al ordenador, etc. Pero si continuamos con el espíritu liberador que sembró Jesús y continuó Pablo, entonces llegará un día en que será absolutamente normal que las mujeres y los hombres compartan responsabilidades con toda naturalidad y sin discriminación. El hecho de que la cultura Occidental sea el contexto en el que la mujer ha sido más dignificada tiene mucho que ver con el legado de los evangelios y de la fe cristiana en la sociedad ¡No vayamos ahora en las iglesias hacia atrás en estos principios del Evangelio sino hacia delante!

Acción de amor y no reacción de dolor

En un debate de televisión en España, estaban hablando acerca de la pornografía y de la libertad sexual que hay ahora, tras la dictadura de Franco. Una de las chicas allí presente, actriz de películas porno dijo lo siguiente: “pues como antes en la época de Franco nos reprimieron, ahora nos toca a nosotros”. Como si el hecho de haber sido reprimidos les diera el derecho a contra reaccionar e irse ahora al otro extremo.
Y es que muchas mujeres heridas por los abusos de los hombres, han luchado luego como fieras por la liberación de la mujer. Y en ocasiones más que una igualdad, se ha perseguido la superioridad de la mujer, menospreciando al hombre. Hay una diferencia importante en una acción como “reacción en contra de” o una “acción fundamentada en unos principios”. En los movimientos feministas, muchas mujeres no han parado hasta ver sus derechos equiparados a los de los hombres, creyendo en una igualdad genuina, y por si fuera poco, muchas de ellas han sido objeto de mofa, recibiendo calificativos como solterona amargada, frígidas  o lesbianas.

Sin embargo, Jesús mantenía una actitud de profunda compasión hacia la mujer y hacia las heridas provocadas por los hombres. Heridas muy profundas, pues las mujeres siempre han sufrido como madres, hermanas, esposas o hijas. En el mundo todavía se respira mucho de ese dolor. El propio Dios de la Biblia anuncia que el dominio del varón sobre la mujer sería fruto de una maldición que habría de venir como fruto de la rebeldía del ser humano: “con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3, 16) ¡No olvidemos que la posición de dominio del hombre sobre la mujer está descrito en la Biblia como una maldición y no como algo que debemos perseguir como ideal de bendición!

La mujer debe estar animada para que no sea el odio o el despecho, sino que sea el amor y la justicia lo que motive la búsqueda de libertad de la mujer. Si la motivación y la fuerza surgen desde las heridas, el fin conseguido llevará a más heridas y el resultado será la amargura. Pero si la motivación surge del amor, entonces la cosecha será libertad para todos. El amor es perdón y búsqueda de justicia, no de venganza. A lo mejor has sido herida por tu padre, a lo mejor por tu hermano, o por un compañero sentimental, tu pareja, o quizás por un hombre extraño… Pero recuerda que no es el despecho sino Dios quien trae verdadera libertad. Él puede sanarte. Jesús quiere sanarte. Y quiere hacerlo a través de hombres y mujeres que reflejen su amor hacia ti. Abre tu corazón a su sanidad. Dios quiere daros de Su amor hacia los hombres para que deseéis ver en ellos el poder y amor de Dios manifestado en justicia e igualdad.

Hombres

       Todo varón cristiano debe saber que debe ser un ejemplo de búsqueda de la igualdad y la justicia. Terminemos la revolución que empezó Jesús y acerquemos el Reino de Dios aún más a esta tierra sedienta de igualdad, hambrienta de justicia. Ningún varón está legitimado para usar versículos descontextualizados como instrumento de mutilación y de represión de los talentos que el Espíritu Santo ha dado a mujeres, y que dicho sea de paso, en muchos casos superan a los de los hombres puestos hoy en cargos de responsabilidad. Aplicar un estilo de vida heredado del siglo XIX, o incluso del siglo I, para justificar la inseguridad de muchos líderes masculinos es más que injusto. Todavía hay quienes por su inseguridad no aguantan que una mujer esté más capacitada que ellos, pues les es deshonroso, y el orgullo varonil no siempre está presto a aguantarlo. La madurez emocional no es cuestión de años, sino fundamentalmente de desearla para sí, incluso a costa de nuestro diabólico ego, lo cual, como trueque no está nada mal. Seamos luz. Abramos paso para que las mujeres ocupen el lugar que les corresponde en su ministerio público conforme a sus dones y no conforme a la discriminación sexual que ha maldecido a la mujer durante milenios. Que se diga que detrás de esa gran mujer hay un gran hombre que la apoya sin sentirse intimidado, ni amenazada en su hombría, pues nuestro valor está en Dios, no en nuestra sexualidad, estatus o función. Hemos nacido de nuevo en un Reino de justicia y de paz, en un Reino creado para bendecir.

© www.aguadevida.net Texto base de Joel de Bruine, adaptado y ampliado por Luis Marián



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