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Lo sublime siempre viene de arriba, de lo divino. Y quizás por este motivo se escogió a Venus, el más deslumbrante destello de la bóveda celeste, como representación de la belleza. ¡Mira que estrella! decimos al contemplar este astro bailando insinuante sobre la infinita línea de un horizonte que hace las veces de inabarcable escenario. Nos dejamos conquistar ante el más centelleante de los flirteos estelares, pero una vez más, la belleza despojada de espiritualidad se convierte en hermana evocadora de espejismos. Venus, como diosa pagana que es, no es luz sino sombra vacía. La Estrella de la Mañana ni siquiera es estrella, sino un vulgar punto negro de acné que, como vimos hace semanas a través de los telescopios, se convierte en grano oscuro al pasar delante del Sol, quedándose en irrisoria verruga al someterse al insondable juicio de la luz.
Cuando las sondas espaciales nos descubrieron la superficie de este planeta supimos definitivamente que su belleza no podía ser más frígida. Como signo de estos tiempos de cirugía estética y de imagen por encima de todo nos enteramos de que la reina del amor y la hermosura era en verdad un vil ángel caído. Venus es en realidad un infierno de más de 400 grados centígrados, sin más vida que la muerte de su propia materia. En ese momento de desencanto intuimos que Venus nos estaba queriendo decir algo. Creo que nos avisaba de que la blancura es en ocasiones podredumbre cuando se atraviesa su epidermis.
Como queriéndonos consolar ante este desengaño amoroso, un viejo profeta nos hablaba hace milenios de una poderosa belleza que se volvería hombre y fealdad hasta el punto de que llegaríamos a decir que “no hay en él parecer ni hermosura que atraiga las miradas ni belleza que agrade” (Isaías 53, 2; La Biblia). Es como si ese tal Isaías quisiera responder a Dostoievski cuando en la obra El Idiota se pregunta angustiado: “¿Qué belleza salvará el mundo?”. Cuando los griegos amantes de lo sublime se quisieron acercar a este Mesías salvador, el propio Jesús anunciado por Isaías les dice que deben morir a sí mismos, a su ego y a sus preocupaciones superficiales si realmente quieren abrazar lo sublime.
En la pasión que llevaría a Cristo al Gólgota, nuestras vanidades se desfiguraban al mismo tiempo que lo hacía su propio rostro. El diablo, disfrazado de vanagloria y acompañado de los pajes Anorexia, Bulimia e Imagen -entre otros-, no daba crédito a lo que veía: el propio creador de la hermosura era quien había destronado la superficialidad para poner el perdón, la humildad y el amor como reyes legítimos de lo auténtico. Desde el día en que la belleza se ofreció como salvadora del mundo, muchos de los seguidores de ese Jesús han visto al arte como una expresión del Logos donde el encanto sin alabanza no es nada. Bach, Mozart, Van Dyck, Miguel Ángel o Dostoievski –entre miles- se inspiraban para su arte en la adoración al creador de creadores y creación. Ya desde el primer libro de la Biblia se nos avisaba de que los astros, llamémosles actores, músicos, deportistas, políticos o planetas… son sólo creaciones con principio y final. Mientras veneramos lo vacío y renegamos de lo real nos seguimos creyendo que detrás de los destellos de Venus hay vida en lugar de infierno, armonía en lugar de caos, pero sólo la fuente primigenia de lo majestuoso va a poder completar nuestra necesidad de amor, estética y frescura.
Sólo el creador de los astros tenía autoridad para deformar su rostro y así evitar que el nuestro no se deshiciera bajo el fuego destructor de la engañosa prostituta que es Venus. Pero -¡que gran paradoja!- un mundo hastiado de falsedad sigue en la perenne autoflagelación de vivir sin oír a su salvador y temiendo encontrase con aquella belleza de la que habló Isaías. Y ahora, ¿qué belleza nos salvará?
www.aguadevida.net , por Luis Marián
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