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A menudo se comenta que el mal y el bien son conceptos relativos, que lo que puede ser verdad para uno no tiene por qué serlo para otro. Es lo que a veces nos asalta a la mente, pero la realidad es que si alguien nos arremete sin motivo alguno, ya el mal no me parece tan relativo. Es posible que para mi agresor los conceptos de justicia o dignidad no sean los mismos que yo tengo, ¿o acaso podría yo ser tan arrogante de considerarme con una moral superior? Pues sí, sí que descalifico su moral. Efectivamente, hay unas morales superiores a otras, y no hay que tener miedo a decirlo. Lo neutro no se da casi nunca, y todos nos pronunciamos bajo valores morales que vamos asumiendo. Incluso los informativos de radio y TV, que según dicen deben ser objetivos y sin juicios de valor, lo hacen. Pues el hecho de que un presentador de telediario use las palabras terrorista o tortura así lo demuestra. Cuando alguien ha cometido un hecho injusto contra nosotros, o un contra un familiar querido, exigimos retribución, venganza… Existe como una moda que consistente en calificar peyorativamente como moralista a quien expone con claridad sus principios acerca del bien o el mal. Pero no podemos engañarnos ni dejarnos llevar por tabúes o contrarreacciones religiosas. Todos vivimos bajo una moral que rige nuestro comportamiento. En el fondo, el bien y el mal sólo nos parecen relativos cuando no nos tocan las narices; pero cuando así ocurre, todo cambia. ¿Y qué pasa con todas nuestras conscientes e inconscientes acciones dañinas e injustas que han ido quedando por ahí a lo largo de nuestra vida? ¿Exigimos el mismo pago y venganza para nosotros que para los demás? Cuando un daño ya está hecho, todos exigimos justicia. Basta ver la madre de un hijo asesinado para darnos cuenta. Y esto se aplica a todos los niveles de mal: pequeños y grandes. En este sentido, si Dios existiese sería lógico que Él no participase del mal y que no se mostrase indiferente o atraído hacia él. Pocos creyentes se imaginan a un Dios que disfruta o que comparte esencia con el mal. Es más, por este motivo, una de las primeras causas de ateísmo es la existencia del propio mal en el mundo, pues de entrada suponemos que si Dios existiese debe ser esencialmente bueno. La buena noticia es que el Jesús de los evangelios confirma todas estas presuposiciones que él mismo puso en nuestro interior cuando nos creó. Todos hemos hecho mal y por nuestros méritos no podemos ser partícipes de un Dios bueno y justo ni de la vida eterna.
Hay esperanza Todos somos culpables. Tras pintarnos este cuadro tan espantoso como realista, se produce el milagro: un inocente paga por todos, absolutamente todos, nuestros errores cometidos y por cometer tan sólo a cambio de creerlo y vivirlo. Se trata de un escándalo, el escándalo de la gracia, el de la libertad y de lo gratuito que tanto indignaba a los religiosos del siglo I. Jesús no es un salvador sino El Salvador que pide a las personas que se arrepientan y que promete perdón; “y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4, 12). Esto era lo que buscábamos, una respuesta completa y definitiva. Y es que Jesús no tiene nada que decir a quien considera que jamás haya hecho algo malo. Si estás convencido que nunca has hecho nada de lo que debas arrepentirte, entonces decir que Jesús murió por tus pecados no tiene sentido. En cambio, si consideras que hay enfermedad debes saber que ya alguien se presenta como El médico.
www.aguadevida.net , por Luis Marián
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