Ciencia y Biblia: El escándalo del Génesis
                             

Ciencia y Biblia
Así era el Universo-Caja que describía La Biblia según la interpretación del religioso Cosmas. Su Topografía Cristiana, obra del siglo VI, se realizó con erradas pretensiones científicas

El progreso contra la cerrazón, la verdad contra la superstición... En definitiva, la ciencia contra la fe. Todos hemos escuchado estas expresiones que se dicen cuando se pretende justificar la supuesta incompatibilidad entre hacer ciencia y creer en Dios. Existen los apostantes, pero no combatientes. Tal contradicción es un mito, algo que no existe y que en parte ha sido levantado por algunos que se dicen cristianos y que son aquellos que ven en la Biblia un libro de geología, antropología, astronomía, física, química e incluso matemáticas.

Esta manera distorsionada de acercarse a la Escritura viene de lejos, pues ya en el siglo VI nos encontramos al religioso egipcio Cosmas, quien escribiría un libro con pretensiones científicas titulado “Topografía Cristiana”.1
Sí, como si hubiese una topografía animista, otra islámica, otra de los Hare Krishna y así hasta llegar a la topografía al chilindrón. Pero como era de esperar, el Universo-Caja de las interpretaciones bíblicas de Cosmas poco tenía que ver con la realidad.

Desde entonces y hasta ahora no han faltado voces influyentes que desde los altavoces parroquiales nos han descrito infinidad de teorías seudocientíficas, las cuales, dicen, están en la Biblia. Son las mismas voces que condenan sin reparos cualquier descubrimiento o tesis que no encaje con sus particularísimas interpretaciones científicas de la Palabra de Dios. Estos/nosotros, son/somos los que han/hemos, creado un infructuoso enfrentamiento alimentado a base de premisas de pies de barro (o de sopa primigenia que dirían otros). Es un error que ciega muchos ojos, pero nos lo hemos buscado y ahora hay que arreglarlo si de verdad nos importa que los prejuicios de los seducidos rompan en un lloro de desencanto.

El libro del Génesis (carta fundamental en esta partida) no es un catálogo de eras geológicas ni de taxonomía. Todo eso es un problema moderno que importaba un pepino a las asediadas tribus hebreas de la época. Aquellos pequeños grupos humanos vivían rodeado de superpotencias como Egipto o Babilonia y que irremisiblemente necesitaban una respuesta divina ante las inquietantes cosmogonías de sus inmutables vecinos.2

Mapa del Mundo según los datos de la Topografía Cristiana de Cosmas, siglo VI

La Biblia recoge cómo los Babilonios leían en la fiesta de año nuevo un relato sobre como la lucha entre Tiamat y Marduk terminaba en despojos que formaban el Universo conocido y donde los elementos armadores del paisaje eran dioses a los que los paganos adoraban... ¿Y qué tenía que decir el Dios de la Biblia al respecto?

En medio de este desconcierto existencial surge la respuesta del Dios hebreo. El libro del Génesis ha llegado, y sus primeros capítulos ofrecen claves para un problema cuya magnitud se escapa a nuestra percepción moderna. Un mensaje único, provocador,... pero sobre todo liberador.

La desacralización de la naturaleza

Los problemas reales en los que se veían inmersas las tribus hebreas a las que se dirigían los libros del Antiguo Testamento son otros. Basta una simple hojeada de las escrituras para comprobar que el enemigo más feroz con el que se encontraban los profetas era la idolatría.
Quizás la adoración de elementos físicos sea para nosotros un asunto o problema demasiado lejano en el tiempo y el espacio, pero no podemos ignorar que para aquellas culturas, la adoración a los dioses constituía la base irrenunciable de un sistema de dominación religiosa, política, cultural, y por supuesto, económica. ¿Y qué mejor manera para recaudar injustos impuestos que a través de los tributos entregados a las airadas divinidades para así acallarlas?

En aquel tiempo todo estaba lleno de dioses. Las cosas no eran cosas sino dioses. La naturaleza estaba enormemente sacralizada y, por supuesto, el origen del cosmos se leía en esta clave, una cosmovisión que se constituía en instrumento de sometimiento para enriquecimiento de unos pocos y forma de vida para todos.

Pero ante esta concepción del mundo reinante, el Dios de la Biblia tenía que dar algún tipo de respuesta. Y así ocurre. El libro del Génesis se constituye como una radical y categórica eliminación de cualquier vestigio de divinidad en la naturaleza, convirtiéndose así en una extraordinaria revelación contenida en el primer libro de la Biblia. La magnitud del desafío político-teológico de este texto se escapa a nuestra percepción moderna. Por ejemplo, en Génesis 1, 16 leemos: “Y creó Dios la lámpara del día el Sol, y la lámpara de la noche la Luna”.
A nosotros nos puede parecer un texto simplón e infantil, pero lo que se estaba diciendo entonces era que los imponentes dioses lunares babilonios, como Sin, quedaban reducidos a cosas. Y no digamos nada de Egipto: el gran Ra, el todopoderoso faraón hijo del dios Sol no era más que hijo de un elemento material, sin vida propia. Tampoco es ninguna coincidencia que las principales divinidades de Egipto o Babilonia (los grandes mamíferos, aves, monstruos marinos...) constituyan los elementos básicos de los seis días narrados en la creación bíblica. Incluso las estrellas, a las que tanto se veneraba y que servían de guía espiritual son citadas casi como por olvido, minusvalorándolas al final del versículo dieciséis.

Las grandes superpotencias de la época habían sido desafiadas en toda su percepción del universo por unas pequeñas tribus hebreas. Inconcebible. Sin duda, también se podría decir que el Génesis se constituye en uno de los primeros textos de materialismo científico, uno de los relatos más revolucionarios de toda la historia.
Pero eso sí, problemas del tipo Big Bang, eslabones perdidos, capas geológicas o rayos gamma no era lo que preocupaba a aquellos israelitas de hace miles de años. Todo esto es un problema moderno que la Biblia no tiene intención de abordar.

Es cierto que la Biblia, y en especial en Antiguo Testamento, hace referencia a distintas cosmovisiones de la antigüedad. Se habla de los pilares de la tierra, las compuertas de los cielos (Génesis 7,11), los cuatro ángulos de la Tierra (Isaías 11,12; Apocalipsis 7, 1), los bordes de la tierra (Números 15, 38), el firmamento -“tapa firme del cielo”- (Génesis 1, 27), las aguas de arriba y de abajo (Génesis 1, 7) y otros elementos propios de la visión que tenían del universo las antiguas culturas de la época. Pero ¿significa que la Biblia aprueba esos modelos cosmológicos como científicos? No. El que en las Sagradas Escrituras se citen estos modelos no significa que los escritores los aprueben, pues simplemente usaban el lenguaje de su tiempo y no pretendían nada más. Sería algo así como cuando nosotros decimos que “ya ha salido el Sol” a sabiendas de que el Sol no sale por ningún lado sino que es la tierra la que gira alrededor de su estrella. Así hablamos hoy y nadie se escandaliza por esto ¡Hasta Einstein hablaba así!

Imágenes de Tiamar y Marduk, personajes principales del relato de la creación del mundo según los babilonios. La Biblia afirma que este poema (Enuma Elish) era leído por estos pueblos cada año nuevo.

Esta circunstancia fue asimilada por personajes como Galileo Galilei, quien no tenía ningún problema con su fe ni con la Biblia, pero sí con sectores importantes de la Iglesia, tal y como él mismo cuenta:

“[...] Pero diría más, si me es lícito exponer mi parecer, que tal vez convendría más al decoro y a la dignidad de esas Sagradas Escrituras el procurar evitar que cualquier ligero y vulgar escritor pudiese, para conferir autoridad a sus escritos, muy a menudo fundados sobre vanas fantasías, desparramar en ellos citas de las Sagradas Escrituras interpretadas o, mejor, estrujadas con sentidos tan alejados de la recta intención de esa Escritura, como cercanos a la mofa de aquellos que, no sin alguna tesis transformista radical”.3

Francis Bacon insistía en esta misma línea: “Dar a la fe lo que le corresponde a la fe y distinguir claramente entre el libro de la Palabra de Dios y el libro de sus obras es la premisa fundamental de una sana y legítima filosofía natural. [...] el conocimiento no puede sino constituir una eficaz incitación a la exaltación de la gloria de Dios, así como un singular antídoto contra la incredulidad y el error [...]. La teología revela la voluntad de Dios: la ciencia su poder”.

La Biblia como impulsor de la revolución científica

Pero no sólo es verdad que una correcta interpretación de las Escrituras no impide el correcto devenir de la ciencia sino que la Biblia bien entendida contribuyó significativamente al desarrollo científico. No es mera coincidencia el hecho de que la revolución científica se diera en los países donde, tras la invención de la imprenta, la Biblia pasó de ser un libro prohibido y elitista a configurarse en una obra de dominio público, circunstancia recogida por historiadores como César Vidal:

A partir del siglo XIII, [...] la Escolástica había encadenado la actividad científica con el aristotelismo. Este seguimiento servil y exangüe del modelo aristotélico iba a traducirse en episodios como el proceso a Galileo, partidario de un modelo empírico.

Los reformadores defendieron no solo la ruptura con un sistema filosófico que identificaban –no sin razón- con el paganismo, sino además una observación directa de la Naturaleza, partiendo del principio bíblico de 'Conocerla y sojuzgarla' contenido en el primer libro de la Biblia. A partir de ese momento, la ciencia iba a convertirse en casi monopolio de los países protestantes o con poblaciones protestantes. En tiempos contemporáneos, tanto Alfred North Whitehead (1861-1947), director del Instituto de estudios Avanzados de Princenton, como J. Robert Oppenheimer (1904-1967) reconocerían en distintas obras cómo la base de la ciencia moderna se hallaba en el cristianismo y, de manera muy especial, en la versión protestante del mismo. Los ejemplos al respecto son muy abundantes. Francis Bacon, al que se ha denominado el mayor profeta de la revolución científica, señalaría en su Novum Organum Scientiarum (1620) la base bíblica de la investigación científica.

A su caso pueden añadirse los de Johannes Kepler y Robert Boyle, los de Michael Faraday y Clerk Maxwell, los de Newton y Leibnitz, ejemplos estos dos últimos en verdad paradigmáticos, ya que no solo se entregaron a la investigación científica, sino que además redactaron interesantes tratados de teología”.s a la mofa de aquellos que, no sin alguna tesis transformista radical”.4

© www.aguadevida.net, por Luis Marián
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